De vuelta.

Otra vez este antro… Entré en el piso sonriendo, intentando actuar de forma natural para que mi chico no se diera cuenta de mi pesar, fingiendo estar a gusto. Cómo echo de menos Santa Cruz… Puse el bolso sobre la silla,aunque en mi mente lo había aventado con fuerza, haciendo que rebotara en el espaldar…

De amanecida.

“¡Estoy muerta!” “Uff…, calla, calla…” “Odio que me hayan maquillado”, se quejó mi chico, cuyo maquillaje se había convertido en un amasijo de colores y sudor, al rascarse sin parar durante toda la noche. Las quejas entrando en casa de Brenda continuaron, dejando constancia de que nos dolían los pies, la espalda, los riñones y…

Estrés.

El silencio sepulcral nos acompañó todo el camino de vuelta, con decepción de no haber encontrado piso a la primera como una nube sobre nuestras cabezas por toda la autopista, mientras pensábamos otras opciones y nos planteábamos diferentes soluciones. El estrés, mal compañero, nos acechaba esperando el momento en que saltáramos al cuello del otro…

Cosmopolita.

Volviendo de casa de mis padres, de una de las tantas comidas familiares que esta época conlleva, respiré aliviada al ver los edificios capitalinos alzarse ante nosotros. No se explicarlo, pero me reconforta y me vienen a la cabeza estrofas que nombran lo bonito que está Santa Cruz, cuando va cayendo el día. Soy una…

Casa de Sandra.

“Hola”, dije al ver a Sandra por fuera del trabajo, esperando a que saliera. El sol del mediodía caía con fuerza, y una cafetería para tomar un sandwich y un batido como almuerzo improvisado fue nuestra mejor aliada. Apuramos para llegar puntuales a las citas marcadas, una tras otra, para ver pisos hasta la saciedad…

Efectos de la playa.

“Buenos días…”, dijo Sandra a voz de bostezo apareciendo por el pasillo mientras se estiraba como si hubiera estado durmiendo cien años. Su pelo revuelto y las marcas de la almohada en la cara como cicatrices de guerra, indicaban que había dormido bien y la camiseta que no llegaba a tapar del todo sus braguitas…