Buscando modos.

Fue imposible. Las leyes de la física no engañaban y, aunque lo intentó, no logró meter los dedos entre la lycra y mi piel, mirando con frustración el apretado traje de baño. “A ver si no te lo vas a poder quitar nunca”, pareció bromear. Pero no desistió. Se quedó mirándolo, intentando buscar algún hueco…

Pringue.

“Vaya…”, dije al notar una tirantez familiar en la piel de pecho. “¿Qué pasa?”, preguntó mi chico terminando de secarse. “Que no saqué todo el semen, siempre se me queda pegado…”, resoplé dejando caer la toalla y echándome agua de nuevo. “¿Cómo es posible que sobreviva a esponja, gel y varios chuzos de agua?”, dije…

Sonidos.

“¡Más fuerte…!” El silencio y la sensibilidad previa quedaron ensombrecidas por los gemidos y afirmaciones que salían de nuestros labios, nuestros sucios y lascivos labios. “Ohh…” Los gemidos a media luz parecían encandilar nuestras miradas, que se volvían buscando la expresión del rostro en concordancia, gestos que podrían clasificarse como dolorosos, pero que estaban envueltos…

Sentidos.

Quisiera morir entre besos, entre lenguas de fuego que peleen por los gemidos de mi piel húmeda, por el sabor de mi epicentro. Cerré los ojos para abrirme al máximo a los sonidos, suaves y untuosos, que desprendíamos. Concentrados en dar placer, los labios y las lenguas se afanaban en el disfrute ajeno, sin dar…

Cata de lujo.

“Mmm…, está muy rico…, dulce…”, dijo mi chico levantando la cabeza para dar el primer veredicto del par de labios que se abría ante él sin que pudiera verlo, ataviado de nuevo con la venda, ciego, fiándose sólo de su paladar y su olfato. Se sumergió de nuevo entre las piernas de Tania, echada en…

Juegos.

“Deberíamos jugar a algo”, dijo Sandra intentando que nos animáramos, que la fiesta no decayera después de la panzada que nos habíamos dado. “¿Y a qué quieres jugar? Yo estoy abollada…”, dijo Brenda. “Y yo…”, dije recogiendo lo poco que había quedado en la mesa, deseando que nadie tuviera ganas de hacer nada. “¿Qué tal…