Cuantas más, mejor.

-Miren los dos corderitos que me encontré en la puerta…- dijo Brenda al volver al patio, dejando caer la toalla que había cubierto su cuerpo para ir a abrir y metiéndose en el agua de nuevo. -Holaaa…- dijo Sandra entrando seguida de Marta, que saludó con la mano. -¿No tenían una cena?- pregunté nadando hasta…

Chupando y lamiendo.

¿Sabor? – preguntó el chico mientras mis ojos se volvían locos delante de la nevera de mil colores, formando una cola de niños desesperados por el drama de mi indecisión. Nata – dije al final, sin ganas de empalagarme la garganta con chocolate o tiramisú, aburrida de la elegante vainilla pero con ganas de un…

Aceite.

“Las sombrillas son para cobardes…”, pensé bajando la escalinata que lleva del paseo a la playa, arrepintiéndome sobre la marcha de mi pensamiento, “Bueno, o para gente con niños, o que no quieran tostarse tanto…”, me dije asintiendo, enterrando en la arena a mi Yo Borde. El día estaba espectacular y la gente aprovechaba, como…

Tanto calor.

Tenía los ojos cerrados, pero podía ver a la perfección la habitación. Su cuerpo parecía refrescarse sobre el mar de algodón turquesa que eran las sábanas nuevas, intentando ignorar el calor. Subida sobre él, aguanté la respiración al tocar su pene con el clítoris, hinchado, deseoso de que le prestaran atención, latiendo, babándose y pringándolo…

Demasiado calor.

Llegué a contar las vueltas del ventilador, como quien lo hace con ovejas para conseguir dormirse, canturreando su movimiento y la parte en la que se trababa y emitía un chasquido, con el sonido metido en la cabeza. Mi chico resoplaba entre vuelta y vuelta, como un bistec a la plancha mientras yo, habichuelita de…

Buscando modos.

Fue imposible. Las leyes de la física no engañaban y, aunque lo intentó, no logró meter los dedos entre la lycra y mi piel, mirando con frustración el apretado traje de baño. “A ver si no te lo vas a poder quitar nunca”, pareció bromear. Pero no desistió. Se quedó mirándolo, intentando buscar algún hueco…