Chupando y lamiendo.

¿Sabor? – preguntó el chico mientras mis ojos se volvían locos delante de la nevera de mil colores, formando una cola de niños desesperados por el drama de mi indecisión. Nata – dije al final, sin ganas de empalagarme la garganta con chocolate o tiramisú, aburrida de la elegante vainilla pero con ganas de un…

Y qué más.

“Mmm…”, gemí al morder la tostada de pan con jamón serrano, aderezada a la perfección con cotame, aceite y orégano, todo en su justa medida, sin que nada me goteara la barbilla, mezclándose el conjunto de sabores sobre mi lengua con sumo placer. “Placeres sencillos de la vida…”, dijo Sandra mordiendo con ganas, haciendo que…

Buscando modos.

Fue imposible. Las leyes de la física no engañaban y, aunque lo intentó, no logró meter los dedos entre la lycra y mi piel, mirando con frustración el apretado traje de baño. “A ver si no te lo vas a poder quitar nunca”, pareció bromear. Pero no desistió. Se quedó mirándolo, intentando buscar algún hueco…

Cremoso.

Boquita de piñón con los labios bien juntos, la coloqué en medio para empezar a chupar con fuerza, sorbiendo el rico batido helado que Marta había preparado. “Mmmm…,”, gemí dando rienda suelta a mi lado goloso, al paladar que tanto ansía chocolate en cualquier momento, a la lujuriosa gula que me acompaña a todas horas….

El arte del cunilingus.

A no ser que estés muy cerca, el arte del cunilingus es invisible a espectadores, oculto tras la boca que lo hace con tanto esmero, por placer propio de saborear lo más íntimo y por placer ajeno, tan visible y excitante. Marta se movía entre las piernas de Sandra alternando ritmos, dedicando los lametones más…

Enredados.

No sé si el biquini sonó a mojado por el peso que llevaba de mi flujo, o porque no le había dado tiempo a secarse en los metros que caminamos de vuelta de la playa, pero cayó a plomo enredado en mis pies, sonando a chapuzón sobre el suelo de granito al que ahora no…