Cuantas más, mejor.

-Miren los dos corderitos que me encontré en la puerta…- dijo Brenda al volver al patio, dejando caer la toalla que había cubierto su cuerpo para ir a abrir y metiéndose en el agua de nuevo. -Holaaa…- dijo Sandra entrando seguida de Marta, que saludó con la mano. -¿No tenían una cena?- pregunté nadando hasta…

Improvisando.

De penitencia, palmas de las manos juntas, a la altura del pecho, empecé a arrepentirme de haberle seguido el juego. “Haz yoga con nosotras, ya verás qué bien…” El sol de la tarde caía con fuerza sobre el jardín de Brenda mientras seguíamos a Tania en el ritual de asanas que componían su rutina de…

Aceite.

“Las sombrillas son para cobardes…”, pensé bajando la escalinata que lleva del paseo a la playa, arrepintiéndome sobre la marcha de mi pensamiento, “Bueno, o para gente con niños, o que no quieran tostarse tanto…”, me dije asintiendo, enterrando en la arena a mi Yo Borde. El día estaba espectacular y la gente aprovechaba, como…

Tanto calor.

Tenía los ojos cerrados, pero podía ver a la perfección la habitación. Su cuerpo parecía refrescarse sobre el mar de algodón turquesa que eran las sábanas nuevas, intentando ignorar el calor. Subida sobre él, aguanté la respiración al tocar su pene con el clítoris, hinchado, deseoso de que le prestaran atención, latiendo, babándose y pringándolo…

Masaje.

El aroma a fruta inundó el dormitorio, pero más dulce y melosa, mientras se extendía untuosa por mi pecho. Sus manos resbalaban, sedosas, lubricadas por la manteca y, mi piel, con cada poro abierto, expuesta, recogía agradecida la crema, mientras yo trataba de agarrar los gemidos para que no salieran disparados a sus oídos. Intenté…

Y remojado…

Él también tenía calor. Todas las islas tenían calor. Sentada en el fondo de la pequeña bañera rodeada de azulejos setenteros chillones, de rojo en lo que había sido agua fresca y ahora era tibia por el calor de mi cuerpo, ví su calzoncillo caer y aquel delicioso trozo de carne quedar a la altura…