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A veces, la mayoría sin motivo, sin darme cuenta, me descubro apretando los dientes con fuerza o los puños con determinación, con los músculos de la espalda tensos o el cuello rígido sin razón, por estrés contenido, preocupaciones por el futuro o comidillas de cabeza que no llevan a ningún sitio.

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De algún modo, instintivamente, sin planearlo, siempre acabo buscando música, que repito hasta la saciedad para relajarme. Pueden ser éxitos de los setenta, salsa que me desfogue o rock con el que brincar sin tregua, pero algo que evada mi mente de los problemas. Pero hasta ahora, no sé por qué, no me había dado por poner una lista de reproducción sexy.

Le di a play y empecé a escuchar las primeras notas de una canción que, sin duda, sonaba sexy. No la había oído antes, no sabía de quién era, pero las primeras palabras de la cantante, con una voz melosa y seductora, hicieron que mi cabeza empezara a seguir el compás. El ritmo se tornó fuerte, contundente, nada romántico, cañero, mientras ella cantaba casi lamiendo el micro, que se dejaba envolver por sus jadeos al igual que mis oídos.

Mis hombros y caderas cogieron el compás y la silla de la cocina sufrió las sacudidas de mis manos al convertirla en compañera de baile, viendo cómo giraba a su alrededor, subiendo y bajando, moviendo las piernas de forma pausada mientras me acariciaba a mí misma recorriendo mi contorno sin parar.

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Y después de un rato, con la respiración más acelerada y el calor metido en el cuerpo, noté la mandíbula relajada, el cuello destensado y el alma tranquila…, ahora el problema era lo excitada que estaba…