Pringue.

“Vaya…”, dije al notar una tirantez familiar en la piel de pecho. “¿Qué pasa?”, preguntó mi chico terminando de secarse. “Que no saqué todo el semen, siempre se me queda pegado…”, resoplé dejando caer la toalla y echándome agua de nuevo. “¿Cómo es posible que sobreviva a esponja, gel y varios chuzos de agua?”, dije…

Y remojado…

Él también tenía calor. Todas las islas tenían calor. Sentada en el fondo de la pequeña bañera rodeada de azulejos setenteros chillones, de rojo en lo que había sido agua fresca y ahora era tibia por el calor de mi cuerpo, ví su calzoncillo caer y aquel delicioso trozo de carne quedar a la altura…

De remojo.

Qué calor… Qué agobio… La sensación de cansancio constante, de sueño a pesar de haber descansado de sobra, no se me iban. Chiquito aplatanamiento… El bochorno, la pesadez del cuerpo, que parecía haber incrementado su densidad hasta ser incapaz de no poder moverse del sofá. Buff… Estoy hirviendo… El calor parecía manar de mis muslos,…

Tiempo con él.

“Toma, justo como te gusta…”, dijo acercando la taza caliente con aromas especiados y dulzones. La sonrisa se apoderó de mi cara mientras cogía la taza resoplando, sin poder evitar la ligera quemazón en los dedos. Brebaje perfecto, mi favorito, tableta de chocolate y mi chico a mi lado, me sentí feliz. Feliz de quererlo…

Tiempo.

La siesta me había sentado genial. El malestar desaparecido en combate y casi tan fresca como una lechuga, me estiré tomándome mi tiempo para levantarme, acariciando los muslos, pensando en lo suave que estaba y en que, en breve, volvería a estar peluda. Ciclos de la vida que se repiten incesantes. Nunca me doy cuenta…

Ignorando.

Movimientos circulares. Con suavidad. Restregué en silencio viendo crecer la espuma y el jabón disolver la sangre, la espuma volverse rosa. Otro enjuague, más jabón. Los sueños de aquel día irse por el desagüe, mientras por mi garganta bajaba el cuadrito de chocolate, desleído, dulce, espeso, tibio. Escurrí con cuidado, sin torcer demasiado y estiré…