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“Qué mierda…”, resoplé hablando conmigo misma, desganada, viendo el reloj pasar las horas sin que del lápiz saliera el mínimo ápice de inspiración.

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Recorrí de memoria las grietas de la mesa donde, se supone, producía millones de ideas maravillosas, donde la creatividad fluía de forma armoniosa, la misma en la que, las horas pasaban con pajaritos proyectados que amenizaban mis días de trabajo.

Pero no. La dura y vieja madera con falta de restaurar era cruel conmigo, desafiando mi cordura mientras se hacía la fuerte, sin importarle los golpecitos que le propiciaba con la parte de atrás del lápiz cuando me ponía nerviosa, sonriendo cuando acababa por soltarlo enfurecida contra su barniz gastado.

“Si las musas no vienen, hay que buscarlas…”, dije resoplando, tomándome un segundo para acariciar la pequeña palmera que sobrevivía a mi lado, cogiendo el afilador y metiendo el lápiz, girándolo, respirando el delicioso aroma a madera y cerrando los ojos para escuchar el crujir de la misma mientras emergía la nueva punta.

Miré la perfecta viruta que se había creado sin romperse, como una falda flamenca, empujándola al vacío, viendo el baile que se marcaba antes de caer fulminada en la papelera. Me sacudí los dedos y volví a la carga, dominando el dichoso palito amarillo y negro, resquebrajando un poco el afilado grafito al forzarlo contra la libreta.

inspiración 2, 18 junio 2017.jpg

“Vamos allá…”, suspiré sin llegar a escuchar los pajaritos, esperando que las musas estuvieran cerca. “Y si no están, que les den…, ya me apaño sola”, reivindiqué sonriendo, espantándolas como si hubiera echado sal en la puerta o colgado una ristra de ajos,confiando en mi misma, empezando los trazos.