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La visión de Brenda subida al bordillo de la piscina degustando a Tania, había hecho que la piscina casi hirviera. Su culito en pompa por fuera del agua dejaba ver sus labios brillantes e hinchados, mientras se movía acompasada, embistiendo con la lengua a su chica, que disfrutada echada, muy abierta, expuesta.

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Rodeé a mi chico con las piernas, colocándome, tropezando con la erección que lucía y que entorpecía mi maniobra, disfrutando de cómo sus labios se daban un paseo por mi cuello y clavículas, a la vez que sus manos se abrían para intentar abarcar mis glúteos, apretando con fuerza la carne en vano, repitiendo una y otra vez para mi gusto y el suyo.

Los gemidos de Tania nos acompañaron mientras mi chico nos sacaba del agua, a mí y a él mismo. La miramos excitados, mojada, notando los latidos su pene golpeando mi chochito cuando, se giró para sentarse en la escalera, ya fuera del agua, cerca de ellas, dejándome al mando, encima, preparada para cabalgarlo.

Me acomodé sin necesidad de guiarlo con la mano, recorriendo el tronco, mojándolo, para con un golpe de cadera, exponiendo mi culito, acoplar la puntita al lugar preciso, justo donde al agacharme sobre las piernas, iba a meterse entera. Su boca buscó mi pezón desesperada y sus manos siguieron amasando mis nalgas en la bajada, cuando, contuve la respiración para sentir cómo me abría, cómo cada milímetro de piel se mojaba en mí y yo lo acogía, antes de echarlo y volver a quererlo de nuevo.

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“Ahh…”, fue la conversación a cuatro. Simple y eficaz. Prueba de que todo cuadraba, de que todo iba bien, de que el placer mutuo, común y recíproco se nos daba bien.