De piso en piso.

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Sus manos gesticulaban con destreza desplegando el delicioso y fresco olor a agua de colonia que surgía con cada gesto de sus muñecas, mostrándome con una dedicación respetable los pisos que había a disposición, adornando de manera inigualable lo odioso de cada uno.

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“Ten en cuenta que al traerte tus muebles, mejora mucho”, dijo intentando hacer que sonriera.

“Ya, pero los precios son el doble que en Santa Cruz…, qué digo el doble, más”, suspiré con tristeza.

“Bueno, algo encontraremos”, dijo esperanzadora dejando caer su mano por mi brazo.

Seguimos durante toda la mañana, uno tras otro, sin descanso, apurando los pasos, por paseos y calles que había transitado en otras ocasiones, cafeterías visitadas y deliciosos recuerdos de playa, de piel al sol y aceite corriendo por la espalda.

Su compañía era perfecta, de conversación distendida, discreta, no demasiado cotilla, amistosa y correcta. Me encantaba cómo me trataba como si me conociera y me sentía a gusto hablando de todo un poco con ella, no solo de viviendas.

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“Pues ésto es lo que tengo por ahora…”, confesó en el salón en el que nos encontrábamos, rodeadas por un cementerio de muebles que habían sido bonitos en otra época y que ahora eran lo suficientemente buenos para los extranjeros. “Pero te aviso si surge algo…”

Bajamos juntas en el ascensor, yo sonriendo incrédula ante la poca oferta, ella respondiendo amable a mis labios. Los suyos, finos, similares a los míos, perfectamente cuidados, con un ligero brillo, se ofrecían irresistibles a cualquier mirada, atrevidos y tiernos, pero inalcanzables, acercándose lo suficiente para alegrar mis mejillas

“Bueno, nos vemos”.

Chasco.

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El olor a salitre y el sol sobre la piel me hacían sonreír. Como en verano, los extranjeros paseando en bañador por el paseo dejaban tras de sí un intenso olor a crema solar que parecía no funcionar demasiado, por el color acangrejado que lucían. El ambiente relajado que se respira en el sur siempre me enamora y, en cuestión de segundos, disipó mi miedo a los cambios con el reflejo del sol sobre las ligeras olas que bañaban la playa.

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La chica de la inmobiliaria, recomendada por la de Santa Cruz, muy amable en su correo, me había propuesto visitar algunos pisos para ir descartando, dejando camino libre hasta que visitáramos juntos los que a mi mejor me parecieran. Reticente en un principio a verlos sola, mi chico me convenció de buena elección y accedí de buen agrado a cotillear por varias viviendas y hacer reformas mentales, por diversión, en ellas.

Sentada en la terraza, luciendo brazos y piernas como si se tratara del mes de julio, apareció una chica sonriente de pelo castaño y ondulado. Su piel lucía un moreno envidiable, dorado, que emitía destellos, tersa y jugosa.

“Valeria…”, dijo al acercarse, viendo que me levantaba a recibirla con dos besos. “Lo que buscas va a estar complicado”, dijo nada más sentarse, echándome no un jarro, sino un balde de agua fría en toda la cara. “No quiero que te hagas ilusiones…, pero aquí en el centro, es todo muy caro y no creo que de tu gusto…”, añadió extendiendo los dedos hacia atrás hasta curvar las manos.

No supe qué decir, planteándome si me tomaba por una snob o si de verdad lo que pedía era tan imposible. “Pero habrá algo, ¿no?”, respondí con miedo. “Me refiero a que, los pisos para alquilar por más tiempo, no de vacaciones, estarán más asequibles…”

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Su negación rotunda me dejó callada de nuevo, conversando sobre cosas normales mientras yo acababa mi café y ella empezaba el suyo, tragando los últimos sorbos amargos al volver las dudas y los miedos.

Llamas.

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Sus manos sobre mis ingles, haciendo la presión justa para que mis suspiros animaran a los suyos, para que mis labios se empañaran del vapor de mis jadeos y los paralelos se ahogaran en deseo.

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Podía olerme, podía olerlas a ellas. Los rastros de perfume activados por el calor de la piel, las notas ácidas de deseo goteando entre las piernas. El sensual olor de sus bocas compartiendo paladares al mismo tiempo.

Mi sexo hinchado recibió los dedos tragándoselos enteros, bañándolos, caliente, acogiéndolos en un gemido eterno, temblando de gusto, latiendo de anhelo.

Mis manos se avivaron en el trío de brasas, buscando también dónde hundirse, mojándose en el afán de indagar entre carnes ardientes para saciar la sed que nos atormentaba.

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Una a una fuimos cayendo en un mar de quejidos, extasiadas, ciegas de delirio, sintiendo el cuerpo entero como un único nervio, restragando entre grititos, probándonos hasta apagar los rescoldos con los mismos dedos que los encendieron.

Llegada de Marta.

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No sé qué fue lo que nos encendió con la llegada de Marta, si su sonrisa, su mirada pícara o si ya estábamos encendidas por los besos azucarados que nos habíamos dado, pero de repente, me encontré con una a cada lado, compartiendo besos que iban de un lado a otro del sofá mientras sus manos se perdían entre mi ropa y mi pelo.

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Entre ellas, mis manos descansaron sobre sus rodillas, dibujando círculos, dejándome guiar por sus deseos, yendo de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Sandra seguía estando dulce. Sus besos eran profundos  y largos y, cuando me apartaba con delicadeza el pelo de la cara, Marta aprovechaba para besarme la línea de la mandíbula, siguiéndola hasta llegar a la barbilla para, poco a poco, ir subiendo y relevar la boca de Sandra, que se echaba atrás para entretenerse con mi oreja.

Los jadeos de Sandra nada tenían que ver con los tímidos gemidos de Marta que, con calma, me recorría los labios, lamiendo el filo hasta llegar a la comisura, saborearme en los suyos y volver a empezar de nuevo, haciendo que mis braguitas se derritieran en deseo.

“Sabes dulce…”, murmuró cuando Sandra volvía a devorarme de nuevo, atreviéndose a desabrochar los botones de mi blusa y bajar por mi cuello, punto débil de deseo. Se paseó por mis clavículas cayendo en el escote, enterrándose en mis pechos mientras sus manos indagaban libres buscando la carne bajo el sujetador, incapaces de soportar la tela por más tiempo.

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Me quité la blusa y me liberé del balconet por cuenta propia, deseando sentir sus manos cálidas buscando mis pezones erectos, apretando la redondez de mis pechos, suspirando lo poco que me permitía la lengua de Brenda al sentir su piel posarse en mi torso desnudo y su lengua buscar los puntos culmen.

No sé qué fue lo que nos encendió con la llegada de Marta…

Merienda.

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El olor a Sandra, ese olor característico, mezcla de su piel, pelo y los productos que usa sobre su cuerpo y en su casa, nos envolvió al abrir la puerta. Me sentí como en casa, como siempre que la visitaba, deseando hincarle el diente a la poco sana merienda que habíamos comprado y pasar la tarde hablando.

El olor a azúcar del paquete de cuatro redondos y esponjosos aros de carbohidratos invadió la habitación haciéndonos la boca agua mientras nuestros dedos se hundían en la superficie al llevárnoslos a la boca, gimiendo el sabroso bocado sin importarnos el glaseado que se quedaba pegado a los labios.

“Tienes un poco de azúcar aquí…”, dije acercándome para recogerla con la lengua antes de que cayera en el sofá, evitando que se ensuciara todo, saboreando el dulzor de sus boca.

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Sandra se dejó besar, sin inmutarse, sin devolverme el beso, sonriendo cuando me separé, arrancando con delicadeza un trozo de su dulce para pasármelo boca a boca, haciendo que el ínfimo roce de su nariz contra la mía, me volviera loca.

“Voy a echar de menos estas meriendas improvisadas…”, admitió chupándose los dedos a conciencia.

“Bueno, siempre puedes venir a verme de forma improvisada…, o yo a tí…, a las dos…”, añadí pensando en Marta.

Seguimos intercambiando pedacitos de dulce, bocado a bocado, alargándolo a pesar de que había para una segunda ronda, enfriando el cuerpo para evitar la combustión.

“Al final compraste un montón de cosas”, dije cambiando de tema.

“Si, gracias por venir, tenías una cara…”

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“Bueno…, me gusta estar contigo”, sonreí. “Así que ya sabes, me tendrás por aquí cada dos por tres”.