Causa y efecto.

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El día estaba estupendo para pasarlo echada al lado de la piscina, tostando el cuerpo al sol, todo el cuerpo, un noventa y nueve por ciento de él, porque el biquini era tan pequeño que hasta mis labios desistieron y escaparon a la lycra, liberándose de ella, dejando que fueran clítoris y pezones los que se quedaran sin broncear.

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“No consigo que se mantenga en su sitio…”, dije por octava vez, tirando de la perversa braguita que se las ingeniaba para colarse entre mis pliegues, nerviosa de que alguien lo notara.

“No te preocupes”, decían ellas entre risas.

La crema hacía resbalar mis dedos, incapaces de mover la tela del nuevo sitio adquirido, mullido y calentito; así que, me rendí y empecé a disfrutar del delicioso sol sobre mi piel y de la ligera pero excitante presión que ejercía la tirante tela sobre mi sensible botón, no suficiente para extasiarme, pero sí para relajarme sobre la hamaca.

“No se nota tanto, como estás depilada…, pasa desapercibido…”, dijo Marta pensando que mi silencio era fruto de un enfado.

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“Sí, sí, no te preocupes…”, dije sonriendo, quitándome las gafas de sol para cogerlo por parejo.

“¡Qué lista…, al final lo está disfrutando!”, exclamó entre risas, provocando las nuestras, “A ver si ahora sí que te echan de la piscina…”

“Yo no estoy haciendo nada…”

 

Al agua patos.

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“Qué horror…”, dije al ver mi reflejo en el espejo, dejando libre mi más pura sinceridad, exagerando para hacerla rabiar.

“¡Ah pero te vas a quejar!”, rió.

Mi imagen cubierta de infantiles volantitos solo se salvaba por lo estrecho que me quedaba, hasta tal punto que mis nalgas engullían la braguita para convertirla en un improvisado tanga que desaparecía entre ellas, tirando de la parte de alante, marcando los labios sin remedio.

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“Estás monísima…”, dijo Sandra cambiándose de ropa delante de mí.

“Podrías prestarme uno tuyo, que somos más parecidas…”, protesté a media voz, tirando del sujetador sin que hiciera nada más que apretar mis pechos hasta hacerlos rebotar. “Espero que no haya mucha gente…”, dije colocando las manos para taparme, indecisa entre si era peor el modo en que rebosaba mi escote o la manera en que marcaba más abajo.

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“¡Listas!”, gritó Marta.

“¿Tu crees?”, repetí nada convencida.

“Que sí, que estás monísima…”, mintió.

“Pues nada…, allá vamos…”

Cremoso.

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Boquita de piñón con los labios bien juntos, la coloqué en medio para empezar a chupar con fuerza, sorbiendo el rico batido helado que Marta había preparado.

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“Mmmm…,”, gemí dando rienda suelta a mi lado goloso, al paladar que tanto ansía chocolate en cualquier momento, a la lujuriosa gula que me acompaña a todas horas.

“Pues es solo helado y leche, nada más…”, dijo sorprendida ante mi reacción.

“Ya, pero me está sabiendo a gloria…”

“Claro, no paras de correrte…, es lo que tiene…”, bromeó Sandra haciendo que me atragantara.

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Me encogí de hombros sonriendo, despeinada y todavía con el rubor sexual decorando mis mejillas, los ojos chispeantes y la camiseta mal colocada, con la asilla del sujetador a la vista, sintiéndome sexy y relajada.

“Podríamos ir un rato a la piscina”, propuso Marta, “Te prestamos biquini”, dijo dirigiéndose a mí.

Dude un momento, pensando las cosas que tenía que hacer o no hacer, dividiéndome la Valeria angelical y la diabólica, sucumbiendo al lado malévolo solo por un rato.

El arte del cunilingus.

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A no ser que estés muy cerca, el arte del cunilingus es invisible a espectadores, oculto tras la boca que lo hace con tanto esmero, por placer propio de saborear lo más íntimo y por placer ajeno, tan visible y excitante.

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Marta se movía entre las piernas de Sandra alternando ritmos, dedicando los lametones más cariñosos y cuidados, hasta los chupetones más salvajes que la hacían emitir pequeños grititos asustados seguidos de prolongados jadeos que aceleraban también mi muñeca.

Llevado un rato, cuando la excitación se había intensificado, Marta se atrevió a subir la mano hasta donde se encontraban sus labios, colocando índice y corazón como si la fuera a atracar, a punta de pistola, pero los giró, palma arriba, para sentirlos desaparecer dentro de ella, repitiendo el movimiento, adentro, afuera, y otra vez adentro y afuera, enloqueciéndola a ella y a mí, que las observaba en silencio.

Empezó a acelerar, dejando atrás las lamidas comedidas, comiendo el delicioso plato sin miedo a mancharse, a sopetear en la mezcla de jugo y saliva a la vez que sus dedos se la follaban con fuerza.

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Sandra, móvil en mano, estaba a punto, y encendió, buscando el grupo de wassap justo a tiempo para comenzar a grabar el momento álgido, la orgásmica explosión de placer, de tensión acumulada, corriéndose a plena voz, “Siiiiii….”, haciendo que me convulsionara con ella en mute hasta acabar rendidas las tres.

Y ahora Sandra.

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Sandra llegó con fuerza, ahogando a Marta con sus labios, dedicándome un guiño mientras se colocaba a su lado en el sillón, agarrando sus muslos con fuerza, su nuevo apoyo, siguiendo la ruta que sus dedos le pedían.

Desde el otro lado del sofá, observé el placer con que sus bocas se comían, escuchando el húmedo sonido de sus lenguas entrelazadas, que dejaban escapar algún quejido de gusto, que incrementaba la desazón con la que se buscaban.

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Las manos de Sandra treparon hasta las caderas de su chica para deslizar las braguitas que tapaban lo que codiciaba, indiferente a hurgar en ellas, obstáculo lleno de humedad previa que no le dejaría saborear la nueva.

Sonreí al verla desde mi esquina, tan expuesta y tan tierna. La luz de la sala reflejaba con destellos en el flujo de su chochito, fino y sonrosado, excitado de sentir los dedos de Sandra descubrirlo en silencio, separándolos con suavidad, untándose en la gelatinosa suavidad que la cubría.

Empecé a sentir de nuevo ese tintineo, esas cosquillitas, esa llamada de atención y, buscando acallarla, me deshice también de mi ropa interior, excitándome más al sentirme desnuda, desprotegida, pero con la confianza de estar entre amigas.

Volví a palpar entre mis piernas, ahora con más radio de acción sin el algodón que me cubría y no me dejaba mover tanto los dedos, disfrutan el roce, cómo separaban los labios y se hundían bajo ellos, rodeándose de tierna y jugosa carne que latía caliente.

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“Espera”, le dijo Marta a Sandra de repente, “Tú primero…”