Entre amigas.

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Terraza ocupada con nuestras risas a primera hora de la mañana, las vacaciones prometían ser eso, vacaciones. Cansadas y, tremendamente estiradas, el olor a sandwich nos estaba abriendo el apetito y esperábamos intentando mantener la calma mientras venía el desayuno.

“Voy al baño”, dijo Brenda levantándose.

entre amigas 24 abril 2017

Aproveché para asegurarme de que la intromisión de mi chico en su casa no era demasiada confianza, sintiéndome un poco mal por haberle cogido las llaves de su bolso, por ir a sus espaldas.

“Tania, la casa que fue a pintar mi chico…, es la de ustedes, la de Brenda…”, dije temiendo que la idea no fuera tan buena, esperando que no rodaran cabezas.

“¿Sabes que me lo imaginaba?”, me sorprendió Tania colocándose la trenza. “No te preocupes, no pasa nada, pero se va a enfadar por el curro que es”, añadió, “Quería decírselo, pagarle el trabajo, pero como ha estado liado, no ha querido comprometerlo”, terminó diciendo con las risas de las otras dos de fondo.

“¿De qué se ríen?”, preguntó Brenda, ya de vuelta.

“Nada, boberías…, uy mira, los sandwiches…”, dije dando gracias de que el delicioso desayuno hiciera de campana, aliviada, buscando el móvil para buscar emoticonos con los que comunicar a mi chico mi alegría.

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Pulgar hacia arriba. Casa con árbol. Paleta de pinturas. Cara de alivio con gotita de sudor. Cara sonriente. Corazón.

Yoga en la playa.

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La brisa del mar se sentía fría sobre los leggins a aquellas horas de la mañana. Apenas algo de luz alumbraba la playa, desértica, donde unas gaviotas se peleaban, escandalosas.

Todas bostezábamos menos Tania, extasiada por las vistas, disfrutando la textura de la arena bajo sus pies, que las demás sentíamos terriblemente fría, y las primeras luces del alba recibiendo nuestras prometedoras posturas.

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Extendimos las esterillas, Tania al frente, y empezamos a imitar sus movimientos. Sus brazos se alzaban y sus piernas se estiraban sin que pareciera ningún esfuerzo, respirando armoniosamente, ojos cerrados, concentrada, fundida con sus pensamientos.

Las demás, cada una a su ritmo, a su nivel, cogíamos confianza poco a poco, logrando notar el progreso a medida que avanzaban los minutos y el cuerpo se relajaba, permitiendo mayor libertad de movimiento las articulaciones, rígidas al comienzo.

Cerré los ojos, concentrándome en la coreografía aprendida a base de repetición, la que siempre me agobiaba en un principio y me dejaba con ganas de más, con un sabor dulce en los labios al terminar.

yoga en la playa 1

Poco a poco, acabamos echadas sobre la esterilla, sin darnos cuenta de las miradas de paseantes y corredores que madrugaron como nosotras, ignorando el mundo, respirando la brisa del mar, fundiéndonos con la arena en inmejorable compañía.

Por el suelo.

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Luces tenues, velas encendidas, bossa nova como banda sonora y cojines a modo de asiento, nuestra cena de picoteo prometía. Habíamos decidido quedarnos en casa, ver una peli, pasar la noche hablando y así, cuando mi chico quisiera descansar para su trabajo de pintura del día siguiente, no habría problema.

Extendimos un mantel en el suelo, en el mismo lugar donde horas antes habíamos llegado al éxtasis, dispuestas a volver a hacerlo con nuestros paladares. Con muchos platitos, el mantel se dejó de ver, cubierto de panes, papas, embutidos, quesos, salsas y demás cosas típicas de picoteo, de esas que tanto me gustan, pues comes con las manos y te acabas chupando los dedos.

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Nos sentamos, hablando mientras nos pasábamos platos y nos dábamos a probar bocados.

“Brenda, te quería preguntar tu opinión…”; empezó a decir mi chico. “Tengo que instalar un sistema de seguridad en la casa que estoy haciendo, y los clientes no se deciden sobre el modelo, ¿el tuyo es de código?”, intentó sacar el tema.

Mi plan era sonsacarle a Tania y me molestó que lo intentara él mismo, tras haberme hecho partícipe y que en mi cabeza sonara sin parar Misión Imposible.

“Pues yo no tengo problema”, explicó Brenda. “Según abro, empieza a pitar, tecleo 29 18 30 y ya está”, terminó de decir. “Está bien que sepan la clave por si en algún momento nos pasa algo…”, acabó de decir engullendo un cacho de manchego.

por el suelo 2

La conversación siguió por otro lado, con mi chico y yo intentando contener la risa floja, incrédulos ante la facilidad con la que nos enteramos del código, colgando la ropa de camuflaje para otra ocasión.

De vuelta.

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“¿Dónde estabas?”, preguntamos a coro al ver a mi chico entrar.

“Me fui a comprar unas pinturas…, tengo que ir a pintar mañana”.

“Uff, yo debería ir pensando en eso, mi casa tiene una falta horrible…”, dijo Brenda en un suspiro, ante lo que pude ver como una sonrisa pícara a modo de respuesta por parte de mi chico.

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“Huelo que lo pasaron bien…”

“¡Uy lo que dijo…!”, le respondió Sandra mientras las demás estallábamos en carcajadas.

“Te lo perdiste…”, dije subiéndome las braguitas, intentando funcharlo a sabiendas de que nunca lo consigo.

“Eso es entre ustedes…, si estoy, apechugo, pero no estoy por eso…”, expuso mientras me colgaba de su espalda.

“Ah, ahora resulta que pasas de nosotras…”, atacó Marta, llevándose un beso en la frente por su parte.

“Nada, que no hay quien se enfade con este chico…, ¿también fregaste?”, preguntó Brenda de broma.

“Pues no…, para no despertarlas…”

“¿Y ahora nos enfadamos porque no lo hizo?”, susurró Tania, siguiendo con el vacilón.

de vuelta 2

“No creo…”, contestó él, sentándose en medio de nuestros cinco féminas con ganas de dormir de nuevo.

“No sabía que no estabas, pero te eché de menos…”, dije sobre su hombro mientras su mano se colocaba sobre mi muslo, acariciándolo con suavidad, inclinándose para lo que parecía un beso.

“Lo que pinto mañana es la casa de Brenda, consígueme las llaves y el código de la alarma…”, confesó. “Y no digas nada, es sorpresa…”, avisó.

“Si es que eres un sol…”

Placer mutuo.

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Nos desnudamos despacio bajo la atenta mirada de tres pares de ojos satisfechos, sin saber si se arrancarían de nuevo. El cuerpo menudo y esbelto de Marta volvió a cautirvarme con sus pezones respingones y cintura estrecha, a la que me daba la impresión de que podía rodear solo con las manos.

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Nuestras miradas se encontraron antes de que ella recorriera mis hombros y mis clavículas, trazando el plan maestro, recordando que me muero al sentir unos labios posarse sobre la zona, que mis rodillas se aflojan y jadeo como si me metiera un dedo.

Nos acercamos aún con timidez, sonriendo, fundiendo nuestras manos, acoplando los dedos hasta que, muy juntas, nos besamos en silencio. La delicadeza de sus labios competía con las ganas que le ponía al beso, enroscando la lengua desde un principio, chupándome con determinación, provocando que la imitara y acabáramos rojas por la fricción.

La manos se soltaron, confianzudas, buscando pliegues que agitar sin mesura, dando por sentado la exquisita lubricación procurada a borbotones por los cuerpos. El delicioso sonido untuoso de los dedos dándonos placer, metiéndose todo lo que la postura nos dejaba, se apoderó de la habitación, rebotando contra las paredes y volviendo en forma de un jugoso eco al que pronto se sumaron nuestros quejidos y jadeos.

placer mutuo 2

Así, de rodillas, nos tocamos con rapidez, desagalladas por llegar, por liberar la tensión acumulada, por corrernos siendo observadas, puro placer exhibicionista, voyeur, lésbico y mutuo.