Mi nueva capital.

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Perspectiva. Pura perspectiva. Todo se trata del modo en que lo mires o el lado de la calle en que te encuentres. Pegajosa, me miré al espejo resoplando mientras me empezaba a quitar la ropa, agobiada por el tráfico. No sé si olía mal, pero me sentía así, como si hubiera pasado tres días sin ducharme.

mi nueva capital 1

Qué diferente es alojarse en un sitio por placer, por el gozo de tener unos días libres, de evadirte, de salir de la rutina a, vivir ahí, afianzate y asentarte, empezando a ver con claridad esas pequeñas espinas que brotan de cualquier esquina, como las de un cardo, dispuestas a picarte.

Aunque el exceso de tráfico de hoy había sido una cuestión puntual, empecé a pensar mientras me sacaba la camiseta a la fuerza, no cabía duda en que el sur, se había convertido en mi nueva capital, congestionada y dispuesta a desquiciarme si no aprendía, como en todo, a buscar sus puntos débiles, a moverme para pasar desapercibida y poder disfrutarla como una turista más.

Pensé que no iba a ser capaz de bajarme los vaqueros, que iba a tener que vivir con ellos para siempre, pero empujando con fuerza mientras despotricaba de todo mentalmente, bajaron por mis piernas.

mi nueva capital 2

Suspiré o, mejor dicho, resoplé, consciente de que tenía que cambiar mi actitud, que no podía estar jaquecosa el resto del día por algo tan poco grave pero, en el fondo, seguía triste, me sentía maltratada, como si me hubieran hecho una novatada, sin ni siquiera poner música para aderezar la ducha, metiéndome y corriendo la cortina con fuerza, muy digna.

Mi otro Yo.

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Todo depende del momento, de la situación, y algo que en otro contexto amas, se puede convertir en parte odiosa de la circunstancia en la que te encuentras si lo demás que te rodea te está poniendo a prueba.

Cosas que adoro como el sol o conducir, se convierten en mi peor pesadilla cuando el tráfico transforma el recado en el que debía tardar un rato, en horas de sofocante calor dentro del coche.

mi otro yo 1

La persona que soy, mi sonrisa y lo sexy que puedo llegar a sentirme, se metamorfosean en un ser malhablado, malhumorado y desagradable, una bruja de pelo encrespado, acalorada y pegajosa, que parece derretirse en su propia mala uva.

Odio malgastar. Odio malgastar tiempo y dinero cuando algo sencillo se complica por culpa de unas fiestas en las que, seguramente, de estar dentro, en todo el meollo, no me quejaría.

Me miré en el retrovisor para confirmar que cuando me mosqueo, la piel se me arruga sin remedio, las ojeras aparecen y brillo enfurecida, encendida, lejos de la habitual chica sonriente que me gusta ser, escondida, amordazada ahora en el maletero.

Y cuando todo se aclara, el aire parece volverse más puro y una sensación de alivio te hace respirar tranquilamente, el ‘supuestamente sencillo recado’, acaba siendo una misión imposible por causas ajenas a mi control que le pasa factura al dependiente, al encargado y a todo el que se pasa por mi mente.

mi otro yo 2

Mejor me habría quedado en el sillón…

Grupo de wassap.

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“Vamos a estar un poco justas, pero deberían venir a pasar la Semana Santa”.

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“Mmm…, toda una proposición indecente, no esperaba menos de tí”, respondió Brenda sobre la marcha.

“Jajaja, no sé si indecente, pero proposición sí que es”.

“Por mí estupendo”, dijo Marta, sonrisa y guiño.

“Tengo unos tanguitas nuevos geniales…”, interrumpió Sandra.

“Uff, quita quita, que se nos pega el argentino!”, risas.

“Peor para él, no va a pillar nada…”, carita demonio.

“Mira que son malas…”, entró a decir Tania.

“¿Te da pena?”

“No, bueno, no sé…, pero malas sí que son!”, risas, carita de santa.

“Ah, como si tú fueras mucho mejor…”, incredulidad.

“Bueno, y qué llevamos?”

“Yo hago la compra, no te se preocupen…, cuándo vienen entonces?”

“Como te descuides estamos tocando el viernes!!!”

“Bueno, yo trabajo los tres días que no son festivos, pero podría subir y bajar, así nos vemos más”, carita pensativa, aplausos.

“Pobre chico…”

“Va a acabar harto de nosotras”.

“Que noooo, además, seguro que algún día le queda algo por hacer”.

“Y si no, lo busca…”

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“Todavía queda una semana pero, qué iluuuu!!!”

Cuatro sentidos.

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Cuando atenúas un sentido y los demás se ponen alerta, las sensaciones se multiplican para compensarlo y el resultado es, escandalosamente orgásmico.

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Con las persianas bajadas, sumidos en la más absoluta oscuridad, nuestras manos empezaron a recorrer cuerpos que se sabían de memoria, despertando cada célula al roce de las yemas, experimentando los escalofríos de soportar su paso.

El olor de su piel, el dulzor de su propio aroma, siguieron despertando en mí, más deseos de los que dio tiempo en el pasillo, al igual que en él el mío, pasión líquida que hipnotizaba y atraía.

Mi sabor le procuró fuerzas extras, a seguir bebiéndome pero no para dejarme seca, sino buscando más, hasta que decidió compartirlo sobre mi lengua, incitando que brotara para recibirlo entre mis piernas.

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Como cánticos de sirena incitando embestidas mayores, mis gemidos y sus gruñidos se mezclaron haciendo coros, ecos de puro sufrimiento para alargar la agonía, para que no terminara y que el placer siguiera, día tras día.

En el pasillo.

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Sus besos me supieron a la ambrosía de los dioses, dulces y adictivos, nada saciantes, desencadenantes de esa húmeda tensión que inunda mis braguitas cuando me toca.

Gemí mientras nuestras lenguas peleaban, al sabor de salivas mezcladas y labios adormilados del roce que tanto ansiabamos, al abrazo de manos poderosas que apretaban nucas, buscando fundirse entre ellas.

en el pasillo 2

Sordos, al silencio del piso vacío, y ciegos, con las luces apagadas, poniendo a prueba sensores ocultos, nos adentramos cueva adentro, buscando la intimidad de la alcoba.

Pero allí mismo, en la oscuridad del pasillo, sus manos desesperaron al galanteo, escurriéndose por mi cuerpo en un suspiro, habilidosas al desabrochar el vaquero, sedientas al saber lo que había dentro.

El pantalón forzó la bajada en la curva de mis glúteos y el algodón de mis braguitas cedió al tirón que propició mi chico, abriendo paso en mi desnudez al placer de sus dedos.

Los impregnó a conciencia, deleitándose del suculento sonido que hacían al recorrer mi carne abierta que los acogía gustosa, dispersando el delicioso aroma que emitía mientras el bulto de su entrepierna hacía presión sobre mi cadera.

en el pasillo 1

Se sumergió dejando que fuera la palma de la mano la que masajeara mi clítoris con fuerza, yendo y viniendo de un lado a otro, sin darme apenas tregua a recebir el orgasmo, a derretirme en sus dedos y dejarme llevar hasta el dormitorio en su abrazo.